sábado, 4 de abril de 2015

Aroma de Vida

La lluvia dificultaba el camino. Las luces de las calles se reflejaban en el mojado asfalto. El zumbido de los coches que dejábamos atrás resonaba en la cabina. Las sirenas giraban y sonaban, una y otra vez residualmente. La milimétrica gota de suero caía a destiempo con los necesitados latidos de mi corazón. Podía ver un difuminado rostro que me acompañaba. Una sonrisa, atemorizada, denotaba nostalgia. Vestía un guardapolvo de color celeste y de su cuello colgaba un gastado rosario. Su cruz se balanceaba de atrás hacia delante. Todo en esa infernal caja de acero rodante temblaba. Un oxidado tubo de oxigeno se mantenía asegurado contra una pared por dos barras de acero. De él, caños plásticos, me ahogaban en oxígeno. El elástico de la mascarilla apretaba con fuerza mi cabeza. Ya no sentía nada. Mi cuerpo estaba tirado sobre esa incómoda camilla. Apenas movía los helados dedos. Sobre mis descalzos pies se proyectaba una confusa sucesión de luce. Aquellas manos del paramédico masajeaban mi pecho en un intento de reanimar lo muerto. Podía ver en sus empañados ojos el deseo de salvarme. Desesperación, a eso olía el ambiente. El dolor de cabeza me había aturdido, perdía la conciencia, ya no oía sus rezos. Mi garganta comenzó a secarse. El aliento se me escapaba. Mi cuerpo se tensionaba y en oscuridad me teñía.


Las puertas traseras se abrieron. Un grupo de enfermeros se apresuraron a traspasar el cuerpo de camilla. La lluvia brotaba sin cesar de aquel opaco cielo. Empujaron las gruesas puertas del quirófano y la camilla se perdió en un profundo pasillo blanco. La reanimación constante era impulsada, en cada electro shock, por la esperanza de un milagro. Sentado en la parte trasera de la ambulancia, mojado y con sus pies colgando, había quedado aquel noble hombre. Elevaba al cielo una súplica. Una luz clara y confusa brotaba de todos y ningún lugar. Un sólo sonido quebró el silencio de aquel quirófano. Era un pulso. La vida engendraba de nuevo. El latido era estable. La habitación volvía oler a margaritas. Jardines repletos de ellas en las mañanas. Las agujas del gran reloj volverían lentamente el tiempo atrás. 

Elías Nill

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