La lluvia dificultaba el
camino. Las luces de las calles se reflejaban en el mojado asfalto. El zumbido
de los coches que dejábamos atrás resonaba en la cabina. Las sirenas giraban y
sonaban, una y otra vez residualmente. La milimétrica gota de suero caía a
destiempo con los necesitados latidos de mi corazón. Podía ver un difuminado rostro
que me acompañaba. Una sonrisa, atemorizada, denotaba nostalgia. Vestía un
guardapolvo de color celeste y de su cuello colgaba un gastado rosario. Su cruz
se balanceaba de atrás hacia delante. Todo en esa infernal caja de acero
rodante temblaba. Un oxidado tubo de oxigeno se mantenía asegurado contra una
pared por dos barras de acero. De él, caños plásticos, me ahogaban en oxígeno.
El elástico de la mascarilla apretaba con fuerza mi cabeza. Ya no sentía nada.
Mi cuerpo estaba tirado sobre esa incómoda camilla. Apenas movía los helados dedos.
Sobre mis descalzos pies se proyectaba una confusa sucesión de luce. Aquellas
manos del paramédico masajeaban mi pecho en un intento de reanimar lo muerto.
Podía ver en sus empañados ojos el deseo de salvarme. Desesperación, a eso olía
el ambiente. El dolor de cabeza me había aturdido, perdía la conciencia, ya no
oía sus rezos. Mi garganta comenzó a secarse. El aliento se me escapaba. Mi
cuerpo se tensionaba y en oscuridad me teñía.
Las puertas traseras se
abrieron. Un grupo de enfermeros se apresuraron a traspasar el cuerpo de
camilla. La lluvia brotaba sin cesar de aquel opaco cielo. Empujaron las gruesas
puertas del quirófano y la camilla se perdió en un profundo pasillo blanco. La
reanimación constante era impulsada, en cada electro shock, por la esperanza de
un milagro. Sentado en la parte trasera de la ambulancia, mojado y con sus pies
colgando, había quedado aquel noble hombre. Elevaba al cielo una súplica. Una luz
clara y confusa brotaba de todos y ningún lugar. Un sólo sonido quebró el
silencio de aquel quirófano. Era un pulso. La vida engendraba de nuevo. El
latido era estable. La habitación volvía oler a margaritas. Jardines repletos
de ellas en las mañanas. Las agujas del gran reloj volverían lentamente el
tiempo atrás.
Elías Nill
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