sábado, 4 de abril de 2015

Danzar en la Bruma

No advertía movimiento. Sus suaves piernas permanecían duras y sus manos tiesas. Su cabeza yacía en una incómoda posición quebrada que daba lugar a una vista desoladora. La  desesperación le precedía. Ya no sentía su cuerpo y en su totalidad se le desprendía. <<Era estar atrapada. Era sentir la brisa del viento chocar contra las rocas del mar, arrastrar la podredumbre del océano y trepar la alta pared de rocas quebradizas hasta perderse. Era vivir y no sentir su agonía>> Así la sangre brotaba a su paso de las heridas, abría caminos y trazaba su cuerpo. Su ropa rasgada se teñía de rojo profundo. El sonido de las merodeadoras gaviotas amenazaba la playa. Su latido se reducía a la espera. Todo se convertía en algo horrible como presenciar su propia muerte en un constante degradé. Una de sus manos se le sumergía en la espumosa marea y volvía estar fuera de ella. Algo tibio y con fuerza subía, trepaba y acababa por su garganta, burbujeaba y cortaba paso a la respiración. Se estaría ahogando, tragándose a sí misma, purgándose. Su mirada estaba dilucidada en las penumbras, como siempre lo habría estado ella. Sus pulmones se contrajeron por última vez. Su vida se esfumó como el humo de un café y entre las pequeñas piedras que conformaban la playa reposó un simple cuerpo, muerto e inmortalizado en un efímero instante.

Al borde del precipicio se halló contemplando la inmensidad de un mundo. Comprendió lo pequeña que era en el distante silencio. Y el cielo gris opaco la rodeó y nubló sus pensamientos. El horizonte se fundía y tierra y cielo conformaban una sola frontera. Todo era infinito y no tendría un solo final. Sus pies rozaron la tierra y arraizaron. Siguió allí aferrada por el deseo. Sus ojos de cristal ahumado reflejaban en su interior una dualidad, una mortífera duda. Su sonrisa rompía en llanto. <<Era la belleza del momento escogido. Era estar en equilibrio. Era estar al borde del precipicio>>

Danzó por los aires como nadie jamás lo hará. La llovizna le acompañó en su caída. Giraba, volteaba, elevaba sus piernas y abría de brazos. Bailaba entre la bruma con la que chocaba. Abrazaba el calor de su cuerpo que se le desprendía. Volaba lejos de todo y se acercaba a la nada. Se desarraigaba del mundo que ya no le pertenecía. Se sursumía en el recuerdo involuntario. Y así el mundo tocaba su fin donde la marea retrocede, la playa se convierte en un escenario de ballet y el cielo se tiñe de púrpura.
                                                                                                                                        

Elías Nill

No hay comentarios.:

Publicar un comentario