No advertía
movimiento. Sus suaves piernas permanecían duras y sus manos tiesas. Su cabeza
yacía en una incómoda posición quebrada que daba lugar a una vista desoladora. La
desesperación le precedía. Ya no sentía
su cuerpo y en su totalidad se le desprendía. <<Era estar atrapada. Era sentir la brisa del viento chocar
contra las rocas del mar, arrastrar la podredumbre del océano y trepar la alta
pared de rocas quebradizas hasta perderse. Era vivir y no sentir su agonía>>
Así la sangre brotaba a su paso de las heridas, abría caminos y trazaba su
cuerpo. Su ropa rasgada se teñía de rojo profundo. El sonido de las
merodeadoras gaviotas amenazaba la playa. Su latido se reducía a la espera. Todo
se convertía en algo horrible como presenciar su propia muerte en un constante degradé.
Una de sus manos se le sumergía en la espumosa marea y volvía estar fuera de
ella. Algo tibio y con fuerza subía, trepaba y acababa por su garganta,
burbujeaba y cortaba paso a la respiración. Se estaría ahogando, tragándose a
sí misma, purgándose. Su mirada estaba dilucidada en las penumbras, como
siempre lo habría estado ella. Sus pulmones se contrajeron por última vez. Su
vida se esfumó como el humo de un café y entre las pequeñas piedras que
conformaban la playa reposó un simple cuerpo, muerto e inmortalizado en un
efímero instante.
Al borde
del precipicio se halló contemplando la inmensidad de un mundo. Comprendió lo
pequeña que era en el distante silencio. Y el cielo gris opaco la rodeó y nubló
sus pensamientos. El horizonte se fundía y tierra y cielo conformaban una sola
frontera. Todo era infinito y no tendría un solo final. Sus pies rozaron la
tierra y arraizaron. Siguió allí aferrada por el deseo. Sus ojos de cristal
ahumado reflejaban en su interior una dualidad, una mortífera duda. Su sonrisa
rompía en llanto. <<Era la belleza
del momento escogido. Era estar en equilibrio. Era estar al borde del
precipicio>>
Danzó por
los aires como nadie jamás lo hará. La llovizna le acompañó en su caída.
Giraba, volteaba, elevaba sus piernas y abría de brazos. Bailaba entre la bruma
con la que chocaba. Abrazaba el calor de su cuerpo que se le desprendía. Volaba
lejos de todo y se acercaba a la nada. Se desarraigaba del mundo que ya no le
pertenecía. Se sursumía en el recuerdo involuntario. Y así el mundo tocaba su fin donde la marea retrocede, la
playa se convierte en un escenario de ballet y el cielo se tiñe de púrpura.
Elías
Nill
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