sábado, 4 de abril de 2015

Azul

Todas las personas nacen con un propósito, una especie de guía que corrige los senderos y los lleva a su destino… Entre encrucijadas y asaltos, los hombres aprenden a vivir.

Caminaba porque sus piernas se movían, inercia involuntaria como la de su corazón. El cuerpo, en toda su inteligencia, evitó que pueda ser controlado lo que lo mantiene vivo y, poco a poco, mata.
Su vista se mantenía fija, entre perdida como su estado mental. La tenue luz que apenas se  filtraba por los pinares resecos que quedaban tras  su paso abrían paso a un solitario paisaje en penumbras. Las  secas hojas crujían, quebraban y dispersaban una tras otra. El tiempo parecía empastarse deteniéndose todo: las brisas remolinadas se desvanecieron lentamente, sus pies se juntaron en un lugar estático por primera vez en horas; un escalofrío ascendía por sus extremidades inferiores hasta erizar su cabello; sus pupilas se dilataron.
Todo era tétricamente perfecto. Un deslumbrante paisaje absorbedor se abrió paso ante sus ojos: un precipicio no menor a sus problemas, rodeado de vegetación putrefacta y marchita por el paso de largos otoños e inviernos crueles, moría en un lago azulado de gran tamaño. Todo podía ser como lo imaginó. Sin embargo, algo sobraba…sus problemas, su desesperación, sus recuerdos…
Se agudizaron sus sentidos por primera vez. Podía oír el ruido de los animales, insectos y bichos inquietarse de su presencia. Sus dedos temblaban, se le desvanecía la vista, entreborrada y obsoleta. Parpadeaba con fuerza, una y varias veces. Sus músculos se le tensionaban involuntariamente, sus dientes castañeaban. Estaba siendo despojado de un plano físico. Su cuerpo podía ser reducido a inquietud y temor en sólo un instante.
De lo oscuro del bosque salto al vacío un cuerpo casi sin vida, cayendo desde muy alto por la atracción al centro de gravedad mientras el viento se encargaba de hacer con él lo que la vida quiso. Sintió el modo en que sus miedos se les desprendían uno por uno. Quizás no estaba muerto, quizás sólo terminaría un largo proceso, quizás aún vivía. A esa altura sentía su ropa inflarse y retorcerse. Su cabello y cuerpo a merced del elemento.
Sin duda seguía vivo y, aun así, ¿quién sabe por cuántos segundos más lo hubiera estado? Se preguntaba: ¿Por qué se tardaba tanto en desaparecer? o ¿Por qué había decidido huir? ¿Cuál profundo era el abismo?
Azul, ahora era todo azul, burbujas de aire desprendiéndose de su boca; manotazos, muchos, desesperados de ponerle fin a la farsa de su vida. Las aguas congeladas de aquel viejo lago encerraron sus miserias y lo convirtieron en hielo. Ahora ya estaba muerto y él aún era infeliz.


Elías Nill

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