Todas las
personas nacen con un propósito, una especie de guía que corrige los senderos y
los lleva a su destino… Entre encrucijadas y asaltos, los hombres aprenden a
vivir.
Caminaba
porque sus piernas se movían, inercia involuntaria como la de su corazón. El
cuerpo, en toda su inteligencia, evitó que pueda ser controlado lo que lo
mantiene vivo y, poco a poco, mata.
Su vista se
mantenía fija, entre perdida como su estado mental. La tenue luz que apenas se filtraba por los pinares resecos que quedaban tras su paso abrían paso a un solitario paisaje en
penumbras. Las secas hojas crujían,
quebraban y dispersaban una tras otra. El tiempo parecía empastarse
deteniéndose todo: las brisas remolinadas se desvanecieron lentamente, sus pies
se juntaron en un lugar estático por primera vez en horas; un escalofrío ascendía
por sus extremidades inferiores hasta erizar su cabello; sus pupilas se
dilataron.
Todo era tétricamente
perfecto. Un deslumbrante paisaje absorbedor se abrió paso ante sus ojos: un
precipicio no menor a sus problemas, rodeado de vegetación putrefacta y
marchita por el paso de largos otoños e inviernos crueles, moría en un lago
azulado de gran tamaño. Todo podía ser como lo imaginó. Sin embargo, algo
sobraba…sus problemas, su desesperación, sus recuerdos…
Se agudizaron
sus sentidos por primera vez. Podía oír el ruido de los animales, insectos y
bichos inquietarse de su presencia. Sus dedos temblaban, se le desvanecía la
vista, entreborrada y obsoleta. Parpadeaba con fuerza, una y varias veces. Sus
músculos se le tensionaban involuntariamente, sus dientes castañeaban. Estaba
siendo despojado de un plano físico. Su cuerpo podía ser reducido a inquietud y
temor en sólo un instante.
De lo oscuro
del bosque salto al vacío un cuerpo casi sin vida, cayendo desde muy alto por
la atracción al centro de gravedad mientras el viento se encargaba de hacer con
él lo que la vida quiso. Sintió el modo en que sus miedos se les desprendían
uno por uno. Quizás no estaba muerto, quizás sólo terminaría un largo proceso,
quizás aún vivía. A esa altura sentía su ropa inflarse y retorcerse. Su cabello
y cuerpo a merced del elemento.
Sin duda seguía
vivo y, aun así, ¿quién sabe por cuántos segundos más lo hubiera estado? Se
preguntaba: ¿Por qué se tardaba tanto en desaparecer? o ¿Por qué había decidido
huir? ¿Cuál profundo era el abismo?
Azul, ahora
era todo azul, burbujas de aire desprendiéndose de su boca; manotazos, muchos,
desesperados de ponerle fin a la farsa de su vida. Las aguas congeladas de
aquel viejo lago encerraron sus miserias y lo convirtieron en hielo. Ahora ya
estaba muerto y él aún era infeliz.
Elías Nill
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